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Revista Madre Selva

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Zafra
la ciudad

Unas Pinceladas de su Historia

El poblamiento del área zafrense es muy antiguo, se remonta a la prehistoria: la sierra de El Castellar guarda el origen de la población en oquedades decoradas con pictogramas; la cercana ermita de Belén, la existencia de un castro de la Edad del Bronce; y los bordes urbanos, varias villae romanas que quizá rememoren aquella legendaria Segeda, a la que se quiere creer precedente inmediato de la ciudad.

Las primeras noticias fidedignas de Zafra son, sin embargo, medievales: una pequeña comunidad musulmana aparecía asentada en el valle, cuando en el año 1241, las tropas de Fernando III El Santo, en su avance reconquistador hacia Sevilla, tomaron el castillo de El Castellar que la protegía desde lo alto del crestón.

Habrá que esperar, no obstante, al siglo XIV para ver como Zafra comienza a adquirir un papel cada vez más preponderante en el sur de Extremadura. El año de 1394 resulta ser un hito histórico importantísimo para la ciudad, que entonces fue donada por Enrique III a Gomes Suárez de Figueroa, un adolescente que era camarero de la Reina e hijo del Gran Maestre de la Orden de Santiago.

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Tras varios titubeos iniciales, los Suárez de Figueroa decidieron convertir a Zafra en el centro de todos sus dominios (el Señorío de Feria), que habían ido acrecentando en los últimos años del siglo XIV y durante la centuria siguiente. La villa fue adoptando una nueva fisonomía acorde con su nuevo destino: comenzaron los cambios con la construcción de una muralla, que a modo de cinturón englobó el viejo caserío y amplios espacios vacíos, que se pensaban ocupar con el tiempo. Las obras de la cerca, que nacía con la doble misión de defender y fiscalizar a sus vecinos, a los comerciantes y viajeros, se alargaron desde 1426 a 1449. Testimonios de la misma tendrán ocasión de ver en la llamada Ronda de la Maestranza , en la Callejita del Clavel y en las puertas de Jerez y Badajoz.

Cuando en 1460, los Suárez de Figueroa alcanzaron el título de Condes de Feria ya habían conseguido que la villa mostrase un cierto aire monumental, al haber levantado grandes edificios destinados a su residencia (Alcázar) y a panteón del linaje (Monasterio de clarisas de Santa María del Valle).

Aunque no se paralizó nunca, la actividad edificatoria adquirió un nuevo sentido en los últimos años del siglo XVI y los primeros del siglo XVII. Entonces, la villa verá, entre otros cambios, la reconversión del viejo Alcázar condal en un palacio acorde con los nuevos gustos de la corte de los Austrias, o la conclusión de una nueva iglesia mayor que se eleva a Colegial Insigne. En este nuevo enfoque urbano será determinante el ascenso del linaje a la titularidad ducal y a la grandeza de España en 1567, que devenía de la contribución del quinto conde, Gomes III Suárez de Figueroa y Córdoba, a la política de Estado desarrollada por Felipe II.

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En esos márgenes cronológicos, y casi siempre bajo el auspicio de la Casa de Feria, se fueron levantando en la trama de la villa establecimientos asistenciales (Hospitales de Santiago, San Miguel y San Ildefonso) y conventos femeninos (clarisas de Santa Marina, terciarias de La Cruz , dominicas de Santa Catalina y Regina Coeli). Extramuros se levantaron los monasterios dominicos de Santo Domingo del Campo y de El Rosario, y de franciscanos de San Benito y de San Onofre de La Lapa.

Un aspecto de la personalidad histórica de Zafra, que no podemos dejar de reseñar por su permanencia en el presente, es su carácter de ciudad industrial y comercial, centro de un entorno mayoritariamente agroganadero. En el origen de este rasgo señero están las comunidades judía y morisca, asentadas desde tiempos remotos en la villa y amparadas por los primeros Señores de Feria, y que no se perdió tras su expulsión. La actividad mercantil encontraba su marco en la Plaza Chica y los soportales que rodeaban a la iglesia medieval, cuya demolición en la segunda mitad del siglo XVI dio paso a la actual Plaza Grande.

Fundamentales para el desarrollo del comercio local fueron las ferias y mercados que se celebraron por San Juan, desde 1395, y por San Miguel, desde 1453. Dichas ferias sirvieron en el tiempo como elementos dinamizadores de la incipiente burguesía comercial que aquí se desarrollaba, y que tuvieron su continuación en el numeroso grupo de comerciantes, procedentes de La Rioja (los cameranos), que se fueron asentando en la villa a partir del siglo XVI.

El mantenimiento continuado de la actividad mercantil se vio recompensado en tiempos contemporáneos con la concesión del título de ciudad a Zafra en 1882, de la Feria Regional del Campo Extremeño en 1965 y de la Feria Internacional Ganadera en 1992.

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Un Paseo por el Arte y la Cultura de la Ciudad

Podemos iniciarlo en el Palacio de los Duques de Feria . Su parte más antigua, el alcázar, mandado construir por el primer Conde de Feria en 1437, es una construcción defensivo-palaciega gótica, pero con evidentes rasgos mudéjares. En torno a 1600 fue remodelado: se construyó el patio y se ampliaron sus dependencias. Enseguida, se levantó un pasadizo que alcanza la Iglesia conventual de Santa Marina y la nueva fachada palaciega, la Puerta del Acebuche.

Muy cerca está el Convento de Santa Clara , fundado en 1428 como panteón de los Feria. En la iglesia se guardan, entre otras piezas interesantes, las esculturas yacentes de los primeros condes.

Ya en la Calle Sevilla , ha de visitarse la Casa Grande , un bello edificio clasicista construido en 1601.

Por la Calle Fuente Grande, en la que se encuentra la que fue Casa de Blas de Escobar, nos acercamos a dos importantes edificios mudéjares: el Convento de Santa Catalina de Siena y el Hospital de Santiago .

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Al terminar la Calle Santa Catalina nos adentramos en la Plaza Grande , comunicada con la Plaza Chica a través del Arquillo del Pan, bajo el que está la Capilla de la Esperancita. Al lado, la Calle Boticas guarda, entre otras, la Casa del Ajimez, una vivienda mudéjar del siglo XV dedicada, hoy, a Centro de Acogida del Turista.

Al fondo de la Calle Jerez se encuentran restos de la muralla urbana : se trata de la Puerta de Jerez y de un trozo de la calle de ronda llamado Callejita del Clavel. Del ensanche extramuros parte la Calle Cestería , donde se hallan las Bodegas Medina, instaladas en una antigua tenería. De allí, nos acercamos al Convento del Rosario, fundado en 1511. Enfrente está la Puerta de Badajoz, una vieja puerta de la muralla, dispuesta dentro del baluarte del Cubo.

La Calle Tetuán , en la que se localiza la Casa-palacio del Marqués de Encinares, nos acerca al Hospital de San Ildefonso y a la Colegiata de la Candelaria , una gran iglesia gótica del siglo XVI que, en 1609, fue erigida en Colegial Insigne. Entre sus retablos destacan el pintado por Francisco de Zurbarán.

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Adosada a la Colegiata se encuentra la Capilla de San José, la antigua Sinagoga. La Judería se extendía, por los alrededores: en ella se encuentran la diminuta Capilla del Cristo del Pozo y el mudéjar Hospital de San Miguel.

En la Plazuela del Pilar Redondo puede visitarse el Ayuntamiento , un viejo palacio gótico que fue reconvertido en convento en el siglo XVII . En la Plazuela se encuentran, además, la Casa-palacio del Conde de la Corte y algunas casas con fachadas modernistas y neoplaterescas.

En la Calle Gobernador puede verse una Casa trazada por el célebre arquitecto sevillano Aníbal González. En la Calle Huelva , el Casino de Zafra, la Casa de la Cultura y varias fachadas clasicistas del XVII, entre las que destaca la del Centro Recreativo Segedano.

Atravesando el Arco de San Antonio, encontrarán la Casa de los Mendoza de la Rocha , y la neomudéjar Casa-palacio del Marqués de Solanda.

Podemos terminar el paseo extramuros. Franqueando la Puerta de Palacio, nos espera la Zafra actual, con sus espaciosos parques y jardines, que también guarda algún recuerdo del pasado como el Pilar del Duque, un enorme abrevadero para los ganados, obra gótica del siglo XV, desde el que puede contemplarse la estampa extramuros del Alcázar-palacio de los duques de Feria. A escasa distancia se encuentra la decimonónica Plaza de toros y el convento de Carmelitas descalzas. Disponiendo de más tiempo, el paseo puede alargarse hasta el Recinto Ferial, unas magníficas y amplias instalaciones donde se celebran anualmente la Feria Regional del Campo Extremeño y la Feria Internacional Ganadera. Y también, la Enfermería del Convento de San Benito, el Pilar de San Benito y la Torre de San Francisco, único resto del convento fundado por los Feria en el siglo XV.

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En medio de un espacioso, algo dilatado y no muy profundo valle, abiertos sus extremos a los aires del Norte y del Sur, entre las sierras de Los Santos y el Castellar, y con un altura sobre el nivel del mar de poco más de quinientos metros, se extiende el actual núcleo urbano de la Ciudad de Zafra.

Dentro del contorno de montes erosionados y romos de toda la comarca, destaca por su salvaje presencia y por su bravura de rocas vivas, el espigón pétro de una cresta oscura que le sirve de telón de fondo. Sobre este excepcional emplazamiento para una primitiva comunidad de habitantes, hay que encontrar los orígenes de Zafra: nos estamos refiriendo ala cumbre de el Castellar.

Cuando en el siglo XI se inicia la descomposición interior del extenso poderío de Al-Andalus, y tiene lugar su fraccionamiento en pequeños reinos, llamados de Taifas, cada comarca recelaba de la ambición de su vecino. Las guerras intestinas entre ellos resultaban frecuentes.

Dos de estos enemigos encarnizados era el rey de Badajoz, Abdalá ben al-Aftás, fundador de la dinastía de los aftasidas, y el cadí de Sevilla, Abú-I-Casim Mohamed, quienes frecuentemente cruzaron entre sí sangrientas batallas. Estas rivalidades de caudillos materializaban su permanente recelo levantando castillos y baluartes que, colocados sobre altos montes y lugares estratégicos, vigilaban los territorios e impedían los ataques por sorpresa. Por esta razón, en la zona que media entre Hada joz y Sevilla, donde se encuentra Zafra, eran numerosos estos castillos de origen árabe.

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La sierra del Castellar, dominadora de una gran planicie, tanto por el Este como por el Oeste, y coronada por un enorme murallón de piedra cortada en vertical, era el emplazamiento ideal para uno de estos castillos., o alcázares. Allá sobre su cima quedan hoy los restos del que fuera uno de los más inexpugnables baluartes de la provincia o kura de Mérida.

El conocido geógrafo hispano-musulmán Al-Bakrí, muerto en Córdoba en 1094, es autor de un trabajo titulado El libro de los rekos vlQsc'a~, en el que ofrece una extensa descripción de la España musulmana, y citando a los castillos del siglo X, pertenecientes a esta demarcación, señala a uno de ellos con el significativo nombre de Sajra Abi Hassan y con el apelativo añadido de el Pitón.

El topónimo Sajra se encuentra muy repetido en la geografía de la España árabe y siempre es aplicado a lugares que se sitúan en lo alto de picachos escarpados, como en el caso de Zafra. Lo que hace suponer que, por la estratégica colocación del primitivo castillo, sobresaliendo del resto del frontispicio de rocas que es el Castellar, y debido a su semejanza con un elevado cuerno que resaltaba sobre aquellas rocas, se le aplicase el apodo de El Pítón. Por la evolución fonética de la primera palabra saga, se deriva sucesivamente a Safra, Cafra, y a la actual Zafra.

Este es el apelativo con que se cita ala población, derivado del solitario castillo árabe sobre unas rocas, que se alzó aproximadamente por el año 1030, para que sirviese de defensa de la línea fronteriza entre los reinos vecinos de Badajoz y Sevilla.

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En el siglo XII hay un testimonio de otro geógrafo, llamado Mohamed Al-Qrisi, quien refiriéndose a Zafra, escribía de este modo: "Subsiste todavía con sus murallas y con los vestigios de sus palacios, y está habitada por un peguero número de individuos y sus familias, siendo una villa considerable, edificada en pisos, de modo que la superficie del superior era paralela a los techos del inferior".

A los habitantes de Zafra se les ha venido llamando segedanos, basándose en la hipótesis de que la prerromana y céltica villa de Segeda hubiese estado situada en este preciso lugar. Es esta una teoría que se ha venido manteniendo desde el siglo XVII y defendida por el escritor sevillano Rodrigo Caro, basándose en cierta inscripción funeraria, que a él le enviaron como encontrada, no precisamente en esta población, sino en sus contornos. Se trataba de una losa sepulcral, correspondiente ala tumba de una mujer, a la que se le menciona con el nombre de Sperata segedensis.

Pero, ni Arias Montano en su obra "Hispaniáe veteris descripctio' ni el humanista Pedro de Valencia, natural de Zafra y entendido en cultura clásica, se habrían atrevido nunca a afirmar tal suposición.

No hay una sola inscripción, ni un sepulcro, ni un monolito, ni un hacha, ni una punta de pedernal, ni otra obra alguna, que pueda dar testimonio de la presencia celta en este actual emplazamiento de la ciudad. Tampoco podemos considerarla ala población de la época romana, pues no hay señales de vida de esta cultura. Ni una calzada, ni una tumba, ni una piedra miliaria, ni un pequeño monumento, que indique esa procedencia latina.

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No tengamos, pues, la osadía de pasar en la historia más allá de los límites de la dominación y cultura árabe. De ella sí que hay realmente indicios y pruebas fehacientes. Es suficiente un milenio para que una ciudad obre un prestigio y una solera como la que Zafra posee. Cuando las gentes pacíficas de su poblado árabe abandonen el risco y el monte escarpado, se bajen ala llanura y se coloquen ante un tenderete, a esperar que pase por este cruce de caminos un posible comprador, como lo hicieron los primeros mercaderes zafrenses, habremos encontrado con toda exactitud los orígenes de esta población.

La Reconquista Cristiana

Desde su constitución como castillo y poblado, Zafra estuvo en poder de los moros, aproximadamente, unos doscientos años. Posteriormente, el monarca Alfonso IX, lleva a cabo por esta región una expedición militar en el año 1229 y se apodera de ella, estando la hazaña a cargo del Maestre de Alcóntara, don Arias Pérez. Pero abandonada más tarde por los ocupantes cristianos, vuelve a ser poseída por sus antiguos y primitivos dueños.

La definitiva reconquista castellana llegó a estos lugares por la enérgica y decisiva voluntad de Fernando III el Santo, de llevar a cabo su ocupación y repoblación ciudadana en el siglo XII. Concretamente en el año 1241 organiza una campaña de conquistas por la actual Extremadura , descritas en la Crónica General de España de Alfonso el Sabio. Estos lugares y sus habitantes fueron incorporados ala jurisdicción de la ciudad de Badajoz, en una estrecha cuña que llegaba desde aquella capital hasta Zafra. Las tierras colindantes fueron cedidas a las órdenes mi (tares de Santiago por el Este y a la de los Templarios por el Suroeste.

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Parece ser que la conquista de Zafra y de los otros castillos de la región se efectuó de un modo pacífico y sin violencia, ya que habían perdido su carácter militar y sólo eran sencillas poblaciones habitadas por tranquilos moradores, que aquí habían quedado, como restos de la antigua población musulmana.

Según la Crónica General , al referirse al caso concreto de la zona de Zafra, se dice: "los moros que moraban y aún, veyendo crecer el poder de los cristianos el que ellos no podían allí afincar en sus tierras et en sus logares, dieron al rey don Fernando por bevir en paz y seer amparados, et feciéron con él sus posturas de los tributos et en los pechos que le diesen cada año, et recibiéronle por rey et por su señor, et él a ellos por vasallos" . Definitivamente, los musulmanes que habitaban estos territorios no se marcharon, sino que se entregaron y negociaron con el monarca su permanencia en ellos.

Por esta circunstancia, la villa de Zafra, aunque ya cristiana, podría vivir muchos años en la pacífica convivencia de una cultura arábigo-cristiana, de cuyo maridaje son fehacientes testimonio el carácter moro de sus calles, la tradición mercantil y artesana de sus mercados y talleres, así como el mudejarismo de sus casas y arcos, en especial de sus ajimeces moriscos.

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Umano en mano

El carácter mercantilista de la población zafrense iba a ser ella la primera y principal víctima, ya que durante aproximadamente siglo y medio, fue tratada como una vulgar mercancía, que se compra y se vende cuando interesa, o no, su posesión y disfrute. La Reconquista le había deparado a Zafra la anexión con la ciudad de Badajoz y será súbdita de su jurisdicción. En esta pertenencia continuará hasta el año 1284, fecha en la que entrará a formar parte del feudo de bofia. María de Molina esposa del monarca Sancho IV el Bravo.

Pero apenas unos pocos años más tarde, en 1292, un noble personaje con extensas posesiones, muchas riquezas y valiosa influencia, conocido en la historia de España como don Alonso Pérez de Guzmán, apodado "el Bueno' había llegado a prestar al rey don Sancho, para sufragar la los gastos de la campaña de Tarifa, le importante suma de 50.000 doblas. Para poder satisfacer esa deuda, por parte del monarca se recurre a un procedimiento ya usual y que los reyes tenían siempre en sus manos, como era la concesión de títulos y tierras. Y en esta recompensa a Guzmán el Bueno por los servicios prestados a la Corona entró la cesión de la villa de Zafra y de la vecina Alconer.

Pero este nuevo señor, solamente durante diez años, retuvo a Zafra en su poder. La ciudad de Badajoz, aprovechando las fiestas que allí se organizaron para agasajar al monarca, con motivo de la boda con su esposa doña Constanza, por medio de sus autoridades rogó al soberano que "les devolviese las citadas posesiones que su padre, el rey don Sancho, había cedido a don Alfonso Pérez de Guzmán, por las 50.000 doblas que le debía. En cambió de estos lugares le podría recompensar con alguna otra villa que más le conviniese al de Tarifa".

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Don Alfonso no tuvo inconveniente en efectuar el trueque, más aún, salía mejorado porque el objeto de esta permuta fue 1,2 villa de Vejer de la Frontera , más cercana a sus dominios del Estrecho, desde donde podía atender mejor ala custodia y al negocio de las almadrabas que este noble poseía en la costa. El documento de la cesión fue firmado por el rey Fernando IV en la ciudad de Burgos el día 28 de agosto de 1307, y en virtud del mismo se trocaban el castillo de Zafra, la misma villa de Zafra y la de la Alconera por la de Vejer de la Frontera , con su castillo, fortalezas y pobladores.

De este modo, la comarca extremeña y concretamente Zafra volvían de nuevo a la jurisdicción de Badajoz, pero sería por poco tiempo, ya que aproximadamente por el año 1320, el rey Alfonso XI de nuevo la vendía por 150.000 maravedíes al arzobispo de Toledo don Gil de Albornoz. No debió quedar muy satisfecha la villa con este cambio de señor, porque años más tarde, reinando don Pedro, se quejaron los vecinos. Querían seguir perteneciendo ala ciudad de Badajoz y para facilitar la anulación del trato de venta, lograron reunir entre ellos la cantidad de 70.000 maravedíes, que entregaron al rey, para que éste, a su vez, los devolviese al arzobispo de Toledo. Y así, el día 28 de junio de 1350, Zafra volvía ala antigua jurisdicción de la capital pacense, con gran satisfacción de sus habitantes.

Después de esta fecho nos acercamos al año 1394, jalón definitivo y parón en la historia de los sucesivos dueños de Zafra, cuando se integre en los dominios de los Suárez de Figueroa. Después de tantos avatares, la villa va a conocer un largo período de tranquilidad y apogeo, que le proporcionarán sus nuevos señores.

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Ilustre familia gallo

El curioso observador y seguidor de inscripciones y de los escudos heráldicos, que se colocan en las fachadas de palacios, iglesias y hospitales, verá una constante repetición de ellos en los edificios notables de toda la comarca de Zafra y que son las cinco hojas de higuera. Es el motivo familiar del blasón de los Suárez de Figueroa, los que fueron primero señores, más tarde condes y, por último, duques de Feria.

En el año 1387, después de la muerte de don García Fernández, Maestre de la Orden de Santiago, fue elegido en Mérida para este cargo a un caballero de procedencia gallega, llamado don Lorenzo Suárez de Figueroa. Era el Maestre que hacía el número treinta y tres de la serie, a partir de la fundación de la Orden.

Un hijo de éste y de su esposa Isabel Megías recibió al nacer el nombre de &ames y ya tenemos en la historia al caballero que va a figurar al frente de una familia decisiva en la vida de la población de Zafra, por ser el fundador del Señorío de Ferid, del que esta población va a ser la cabeza y centro de los estados con este nombre.

Como fecha clave tenemos la del día 26 de febrero de 1394, cuando el rey de Castilla, Enrique III hace donación al anterior don Gomes, por entonces de unos doce años de edad, de los tres lugares de Zafra, Feria y La Parra , en reconocimiento de los muchos servicios que su padre, el Maestre de Santiago, había prestado ala Corona, en la gesta de la Reconquista.

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"Por ende yo vos do e vos fugo merced e donación pura e non revocable de los lugares de Cafra e de Feria e la Parra , que eran fasta aquí aldeas de la ciúbdat de Badajoz, con sus castillos e con todos sus términos., Dado a veinte e seis de febrero año del nascimiénto de Nuestro Señor Jesucristo de mil e trescientos e noventa y cuatro. Yo el Rey" .

Por esta donación real de Enrique III, Zafra deja otra vez de pertenecer a la jurisdicción de Badajoz, no sin gran contrariedad de sus vecinos, como lo demuestra la oposición por la fuerza, que se les hizo a los comisionados del nuevo señor, cuando llegaron a ocupar las villas y castillos tan generosamente cedidos. Con el tiempo, estos mismos vecinos comprobarán las ventajas que va a reportar a la población la creación de este nuevo señorío, regido por una familia interesada en su prosperidad.

El nuevo Señor, don Gomes, al llegar a su oportuna edad contrajo matrimonio con doña Elvira Laso de Mendoza, hermana de afamado literato el Marqués de Santillana.

Como fecha clave tenemos la del día 26 de febrero de 1394, cuando el rey de Castilla, Enrique III hace donación al anterior don Gomes, por entonces de unos doce años de edad, de los tres lugares de Zafra, Feria y La Parra , en reconocimiento de los muchos servicios que su padre, el Maestre de Santiago, había prestado ala Corona, en la gesta de la Reconquista.

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Don Lorenzo el Magmífico

Muerto el anterior don Gomes en Zafra el año de 1429 y sepultado en el Monasterio de Santa Clara, por él fundado, entra ya de lleno en la historia de Zafra y de toda la región extremeña su hijo, don Lorenzo, un caballero que, por sus hazañas guerreras y por la generosidad con que dotó a las villas con murallas, conventos y hospitales, puede ser llamado con el apelativo de el Magnífico, en semejanza histórica con su homónimo de Florencia.

Este don Lorenzo Suárez de Figueroa, segundo Señor de Feria, nació en la ciudad de Badajoz en 1418 y contrajo matrimonio con una dama de la familia del indante real don Juan Manuel , conocida como doña María Manuel Señora de Montealegre.

Como aguerrido militar, intervino activamente en la política de su tiempo y en las frecuentes guerras entre los mismos nobles, durante el azaroso reinado de Juan II y de Enrique IV, ocupando importantes cargos en la corte y ejerciendo el puesto de Capitán General de las tropas reales que, desde Badajoz, custodiaban las fronteras con Portugal.

Para la villa de Zafra, don Lorenzo Suárez de Figueroa resultó ser su mejor valedor, y bajo su dominio, alcanzó esta población el desarrollo urbano, religioso, social y mercantil, que le convirtió ya en un núcleo importante de la región.

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Dotó a Zafra de murallas, alzó el alcázar como residencia familiar y de su corte, fundó el Hospital de Santiago y concluyó el Convento de Santa Clara que su padre había comenzado y destinado para panteón de la familia, donde él también hoy reposa, junto con su esposa, bajo unas preciosas estatuas de mármol en la capilla mayor de la iglesia

En premio a tantos indudables méritos que contrajo ante los ojos reales, el monarca Enrique IV, el 16 de mayo de 1460, transformaba el primitivo Señorío de Feria en Condado, que con el tiempo llegará a ascender a la categoría de Ducado en 1567, esta vez por una dignación del posterior monarca Felipe II a otro miembro de esta familia, que se iba a distinguir en la renombrada Batalla de San Quite tía.

Y a partir de esta dinastía noble de los Suárez de Figueroa, la villa de Zafra vio desarrollarse su vida próspera, en años de tranquilidad y goce, entremezclada con momentos difíciles de problemas y conflictos, sirviendo como cabeza de comarca y de centro comercial y mercantil, que se destaca con una fisonomía muy propia, entre las restantes poblaciones del Sur de la actual provincia de Badajoz.

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